Las
Últimas Palabras de Steve Jobs
La cita más importante del año.
por Rav Benjamín Blech
Me encantan las listas
de fin de año que hacen los medios de comunicación.
Fuimos bombardeados con compendios de todas las
categorías imaginables, y la que más me gustó fue la
lista de las mejores citas del año – las cosas más
poderosas, importantes y significativas que fueron
dichas en el 2011.
De acuerdo al Wall
Street Journal, la ganadora fue la exclamación
de Steve Jobs: “Oh, wow. Oh, wow. Oh, wow”. Esas
fueron sus últimas palabras antes de morir.
Su hermana, Mona
Simpson, describió la escena en su elogía.
Cuando ella llegó a la
casa de su hermano y se arrimó a su cama, cerca del
final, encontró a Jobs rodeado por su familia - “él
miró a sus niños a los ojos como si no pudiera
destrabar su vista” – arreglándoselas para seguir
consciente.
“Se veía”, dijo, “como
alguien que ya tenía el equipaje acomodado en el
auto, a punto de comenzar su travesía, a pesar
sentirse apenado, muy apenado, por estar
dejándonos”.
Sin embargo, comenzó a
deteriorarse. “Su respiración cambió. Comenzó a ser
intensa, intencionada, decidida. Lo podía sentir
contando sus pasos de nuevo, empujando un poco más
allá. Esto es lo que aprendí de la situación:
también aquí él estaba trabajando. Para Steve, la
muerte no fue una ocurrencia, fue un logro”.
Después de sobrevivir
una última noche, escribió Simpson, su hermano
comenzó a escabullirse. “Su aliento indicaba una
ardua travesía, un camino empinado, altitud. Parecía
estar escalando”.
“Pero con esa voluntad,
con esa ética laboral, con esa fortaleza, también
estaba su dulce capacidad para el asombro, la
creencia del artista en el ideal, el aún más hermoso
futuro”.
“Las últimas palabras
de Steve, unas horas antes, fueron monosílabos,
repetidos tres veces”.
“Antes de embarcar,
miró a Patty, su hermana, luego por un rato a sus
hijos, luego a Laurene, su compañera de toda la
vida, y por último por sobre los hombros detrás de
ellos”.
“Las últimas palabras
de Steve fueron: 'Oh wow, oh wow, oh wow'”.
Este gran visionario
tuvo una última revelación. Y aparentemente, esta
revelación lo abrumó con su belleza. Sólo pudo
responder a ella con una repetida exclamación de
asombro.
Destino
Universal
¿Qué fue lo que vio?
Por supuesto, no
podemos estar seguros. Pero no podemos descartar
todas las pistas. Tenemos evidencia de muchas
fuentes. Algunas son meramente anecdóticas, otras
enraizadas en tradiciones religiosas y creencias
místicas.
Ellas explican por qué
la mayoría de la humanidad, a lo largo de los
milenios, eligieron aceptar que la muerte no es el
final, que de alguna forma sobrevivimos cuando
nuestros cuerpos ya no pueden funcionar, y que hay
algo que nos espera al final de nuestra última
travesía, algo que nos asombrará tanto por su
belleza sobrenatural y por su esplendor, que lo
único que podremos balbucear cuando lo percibamos
será “Oh, wow”.
La muerte es nuestro
destino universal. Nadie escapará a su decreto. Y,
aún así, su significado sigue siendo un misterio.
Todos dejaremos este mundo sin tener certeza de
nuestro destino.
Nadie quiere creer que
somos mortales. Vivimos nuestras vidas como si
fuésemos a vivir por siempre.
No podemos imaginar
nuestra no existencia, por lo que negamos la
posibilidad de nuestra desaparición.
Como Woody allen,
decimos que no le tememos a la muerte pero que “no
queremos estar ahí cuando ocurra”. Creemos
obstinadamente que, de alguna manera, seremos la
excepción al destino de toda la humanidad.
En algunos aspectos,
reconocer nuestra mortalidad es liberador. La
popular canción de Kris Allen dice “Deseo que puedas
vivir la vida sabiendo que estás muriendo”. Todo
momento es más valioso cuando sabes que podría ser
el último. Toda experiencia es más intensa cuando
sabes que podría no repetirse nunca.
Pero la contraparte es
que el miedo a lo desconocido es debilitante y
deprimente. No tenemos idea de lo que nos espera y
hay mucho más que tenemos que hacer aquí. Nunca
sabremos lo que pasará con nuestros seres queridos,
nunca más veremos a nuestra pareja ni a nuestros
hijos.
Quisiéramos saber más
sobre la muerte. Y cuanto más nos acercamos a ese
encuentro con el misterio universal, más urgente es
nuestra necesidad de definirlo.
¿Es la muerte el final
o un nuevo comienzo? La ciencia no nos puede dar la
respuesta, pero nuestra tradición puede arrojar un
poco de claridad.
Las fuentes judías
describen a la muerte no como un final, sino como un
glorioso nuevo comienzo.
Es tan asombroso lo que
nos espera, que la Mishná (Avot 4:17) declara: “El
placer de una hora en el mundo venidero es mayor a
todos los placeres de este mundo”.
El Talmud nos asegura
que seguiremos siendo conscientes de nuestra
identidad, que nos reuniremos con nuestros seres
queridos que murieron antes que nosotros, que
sabremos lo que pasa en la tierra, y que
disfrutaremos la bendición de estar cerca de la
presencia de Dios, algo que no puede ser descrito en
términos terrenales.
Las fuentes místicas
describen la primera experiencia en la vida después
de la muerte como captar una poderosa luz
inexplicablemente hermosa. Es la luz del primer día
de la creación, que Dios separó para el mundo
venidero, y que difiere profundamente de la luz del
Sol, que no fue creada sino hasta el cuarto día.
Iluminados por esta luz primordial, podemos “ver”
toda nuestra vida en retrospectiva. “Revivimos” en
la memoria todos nuestros años y asistimos al juicio
celestial sobre cómo nos comportamos – sintiendo un
gran remordimiento por nuestros errores, y
bañándonos en alegría por nuestros logros
espirituales.
Por supuesto, el
paraíso no es un lugar en el que puedes disfrutar de
un asado o de algún otro placer físico, ya que
carecemos de la capacidad física para hacer esas
cosas. Sin un cuerpo, algunas cosas son simplemente
imposibles. Pero la vida nos enseñó que la felicidad
real tiene mucho más que ver con profundizar en
nuestra consciencia espiritual y en nuestros
sentimientos que en el placer físico.
El grado en que
disfrutamos la vida después de la muerte es
proporcional a la altura espiritual que alcanzamos
en este mundo. Después de todo, allí no hacemos nada
de lo que hacemos en este mundo con nuestros
cuerpos, como por ejemplo estar parados, sentarnos,
dormir, sentir dolor, actuar con frivolidad, etc.
Después de esta vida,
las almas se beneficiarán del brillo de la Presencia
Divina – es decir, conocerán y entenderán la
existencia de Dios de una manera que no podían
comprender mientras estaban en sus tristes y
despreciables cuerpos (Maimónides - Teshuvá 8:2).
Cuando Moisés le pidió
a Dios: "Permíteme verte", la respuesta fue: “Ningún
hombre puede verme y vivir”. Sin embargo, los sabios
infieren que se nos garantiza que al morir veremos
Su gloria – una visión tan magnífica que casi con
seguridad evocará un “Oh, wow” en respuesta.
Repentina
Serenidad
He aconsejado a cientos
de personas en tiempos de desesperanza y pérdida, y
también aprendí mucho de ellas. Los congregantes
compartieron conmigo historias de muerte y agonía, y
también experiencias místicas que tenían vergüenza
de compartir incluso con sus familiares, por miedo a
ser considerados locos.
Elizabeth Kubler Ross,
quien dedicó su vida al estudio de la muerte,
escribió que en sus muchos años de estar presente en
el momento en que la vida se desvanecía lo que más
la conmovía era la visión de la repentina serenidad
y paz que siempre acompañaba el paso de un estado al
otro. Eligió describir la muerte como “romper un
capullo y emerger como mariposa”. Durante la vida,
nuestros cuerpos representan las limitaciones
físicas. Sin ellos, podemos por primera vez ascender
a alturas que antes nos resultaban imposibles.
El rabino jasídico del
siglo 19, Rebe Mendel de Kotzk, les enseñó a sus
discípulos a no tener miedo de la muerte
ofreciéndoles una parábola diferente. Les dijo: “La
muerte es cuestión de ir de un cuarto a otro – y el
segundo cuarto es mucho más hermoso”.
Quizás eso es lo que
llevó a Steve Jobs a decir “Oh wow, oh wow, oh wow”.
Estaba describiendo lo indescriptible – una visión
de un lugar maravilloso y hermoso que servirá como
nuestro hogar final después de ser liberados de los
límites restrictivos de nuestros cuerpos mortales.
Sus palabras nos dan la
oportunidad de reflexionar sobre la muerte y
concluir que la muerte no tiene por qué conducir a
la desesperación – porque la vida es más que lo que
experimentamos aquí en la tierra.
Y eso ciertamente la
hace ser merecedora del título "la mejor cita del
año".